La locura del oso de peluche
Todo comenzó cuando Theodore Roosevelt estaba cazando osos en Mississippi en 1902, pero no había localizado ni uno solo.
Para arreglarle el día al presidente, sus asistentes arrinconaron y ataron a un oso negro a un sauce, y lo llamaron para que le disparara.
Pero Roosevelt se negó a hacerlo, pues le pareció extremadamente antideportivo.
La anécdota se difundió, y uno de los diarios que la reportaron fue el Washington Post, acompañada de una caricatura que inspiró a Morris Michtom, propietario de una tienda de dulces de Brooklyn, a crear un osito de peluche.
Tras pedirle permiso a Roosevelt para usar su apodo, lo llamó «Teddy bear» en su honor, y los empezó a vender como pan caliente.
Pronto se convirtieron en el juguete imprescindible de los niños estadounidenses, lo que provocó la ira de un sacerdote llamado Michael G. Esper. Desde el púlpito de su iglesia en St. Joseph, Míchigan, lanzó un devastador ataque en su contra.
“El suicidio racial, el peligro más grave que enfrenta esta nación hoy en día, está siendo fomentado y alentado por la moda de suplantar las tradicionales muñecas de nuestra infancia con la horrible monstruosidad conocida como el ‘Teddy bear’”.
Lo que le preocupaba era que los osos de peluche no le estuvieran inculcando a las niñas las que se consideraban las normas de su género, al suprimir los instintos maternos que, según él, las muñecas ayudaban a desarrollar.
Eso aceleraría la “extinción” de los estadounidenses.
«Nunca he visto algo más repugnante que el que se presenta ante el espectáculo de una niña acariciando e incluso besando a esos pseudo animales», escribiría poco después.
Pero, ¿por qué importó lo que dijo un sacerdote de una pequeña ciudad de EE.UU.?
Porque lo que era una noticia local se hizo viral, y la advertencia del sermón llegó hasta a los diarios más respetados, como si fuera una razón de alarma legítima.
En medio del pánico moral, algunos medios se burlaron del absurdo, y otros, como el News Palladium, cuestionaron el silencio de Roosevelt ante el ataque a su peludo tocayo.
Seguramente estaba ocupado con asuntos más importantes, pero la pregunta era válida; al fin y al cabo, al oso de peluche lo estaban acusando de fomentar algo que él aborrecía: el «suicidio racial».
El concepto nació del movimiento eugenésico y señalaba que una raza se suicidaba cuando no se reproducía lo suficiente, de manera que su tasa de mortalidad se acercaba a la de natalidad.
Y la «raza» que le preocupaba a quien gobernó EE.UU. entre 1901 y 1909 era la estadounidense blanca o el “estadounidense de vieja cepa”, es decir, descendiente de los primeros colonos.
Durante casi tres décadas, Roosevelt alertó repetidamente sobre el peligro, de la manera más severa, en discursos y cartas, como en una de 1902:
“El hombre o la mujer que deliberadamente evita el matrimonio y tiene un corazón tan frío como para no conocer pasión y un cerebro tan superficial y egoísta como para no gustarle tener hijos, es en efecto un criminal contra la raza y debe ser objeto de desprecio y aborrecimiento por parte de todas las personas sanas”.
Pero, cuando los periodistas le pidieron su opinión sobre los comentarios del reverendo Esper, se rió.
Señaló que los había leído con interés, pero que no tenía nada que decir ni a favor ni en contra de los osos de peluche. @bbc @radiofmmasscl

