Cómo una humilde mala hierba se convirtió en una superestrella de la biología

Cómo una humilde mala hierba se convirtió en una superestrella de la biología

Arabidopsis thaliana nunca fue una candidata probable para ser el centro de atención. Pero hace 25 años, la diminuta planta lanzó al mundo botánico a la era molecular.

Por Rachel Ehrenberg

En noviembre de 1956, tras semanas de protestas y reivindicaciones de elecciones libres en Hungría, los tanques soviéticos entraron en Budapest para aplastar el levantamiento. Más de cien mil personas huyeron del país en busca de asilo. Entre ellas se encontraba un joven genetista llamado George Rédei, que se dirigió a la frontera austriaca con un pequeño frasco de semillas en su bolsillo.

Las semillas pertenecían a una hierba delgada de la familia de la mostaza llamada Arabidopsis thaliana. Hoy en día, esa hierba es considerada una superestrella botánica. Arabidopsis ha sido objeto de unos 100.000 artículos de investigación. Sus semillas han volado alrededor de la Luna; es la planta preferida para los experimentos en la Estación Espacial Internacional. Y cuando la comunidad científica decidió qué planta debía ser la primera en tener su genoma secuenciado, Arabidopsis resultó ganadora. Este año se cumple el 25.º aniversario de cuando el mundo pudo ver por primera vez ese genoma, lo que lanzó a la tan estudiada planta hacia una fama y un valor científico aún mayores.

Al partir de su tierra natal, Rédei nunca podría haber previsto todas las formas en que Arabidopsis revolucionaría la comprensión de la biología vegetal, desde la raíz hasta el brote. Los descubrimientos realizados en esta pequeña mala hierba sentaron las bases para mejorar los cultivos y la seguridad alimentaria, gestionar los ecosistemas y mitigar el cambio climático. La planta incluso proporcionó información sobre la evolución animal y la salud humana. El genoma de Arabidopsis sigue siendo la primera referencia para los investigadores que estudian los enigmas genéticos y de desarrollo de otras plantas.

Pero la fama de la planta no fue algo que se diera por sentado. Arabidopsis tardó años en demostrar su valía frente a cultivos lucrativos como el maíz. Al principio, la financiación era incierta. Fueron Rédei y luego una pequeña pero ambiciosa comunidad de jóvenes científicos quienes emprendieron la campaña de Arabidopsis y llevaron a la pequeña planta al centro de atención. El mundo de la biología vegetal —y toda la ciencia— no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.

Los secretos de las plantas y más

Tras huir de Hungría como refugiado, Rédei llegó finalmente a la Universidad de Missouri en Columbia en 1957. En la facultad, plantó las semillas de Arabidopsis que había traído consigo al otro lado del océano. Conocía el trabajo del botánico alemán Friedrich Laibach, quien se había dado cuenta de que esta mala hierba podía ser una poderosa herramienta de investigación biológica, un organismo modelo similar a la mosca de la fruta Drosophila melanogaster. Rédei se convenció del potencial de la planta; esperaba que pudiera ayudar a revelar los secretos genéticos de todas las plantas y quizás de otros seres vivos.

Su trabajo escapaba la línea tradicional. En aquella época, la mayor parte de la investigación sobre plantas se centraba en los cultivos agrícolas o las plantas decorativas —es decir, plantas con un valor económico evidente—. Los científicos solían estudiar sus especies favoritas para responder a preguntas específicas: para averiguar algo sobre la maduración de los tomates, se hacían experimentos con tomates; para comprender el tiempo de floración del algodón, se recurría al algodón.

Los científicos ya habían hecho algunos descubrimientos profundos —con amplias implicaciones— mediante el estudio de las plantas. El famoso trabajo de Gregor Mendel sobre arvejas de jardín a mediados del siglo XIX le llevó a descubrir los principios básicos de la herencia de los rasgos (aunque las implicaciones de sus experimentos no se apreciaron hasta principios del siglo XX).

El maíz también fue uno de los primeros modelos utilizados para investigar la genética. En un ejemplo fascinante de los años cuarenta, la genetista Barbara McClintock estaba investigando plantas de maíz mutantes con granos de colores extraños. Finalmente, demostró que estas anomalías solían producirse cuando se eliminaban o rompían fragmentos de cromosomas, y que en ocasiones incluso se transfería material genético de un cromosoma a otro. El descubrimiento de estos “genes saltarines” —que más tarde se encontraron en todo tipo de especies, incluida la humana— le valió, décadas más tarde, el Premio Nobel en 1983. @fmmass @revistaknowableenespañol

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario